A encallar, a anclarme en tu presencia, a ahogarme en el verde de tus ojos, en ese iris que roza el infinito en cada parpadeo.
Y me pregunto por la intención de dios al ponerte ese lunar ahí. Será que fue el lugar que eligió para esconder su galaxia favorita.
Fue ahí, a medio beso de tu boca, donde dejó olvidado el paraíso, para que yo lo encontrara.
O por alguna extraña razón que ninguno de los dos conoce ni entiende, ese lunar era para mi frente o mi espalda, para mi ojo izquierdo o para la comisura de mi boca, y dios te lo entregó para divertirse mientras yo lo buscaba. Igual es demasiado pequeño.
En cambio tu boca cabe perfecta en mi beso, en mi horario, en mi tiempo libre y mi destino. Es exacta para esta luna, para este cuarto oscuro en el que cuento el tiempo que debo esperar para verte.
Pero también tu mirada y la mía tienen la medida exacta, el peso justo, la misma llama ardiendo, el mismo fractal de reflejo. Y mientras tus ojos, menos añejos, suenan igual a como suenan mis sueños, mis ojos se fermentan, maduran cantándole a los tuyos, usando el lenguaje de la electrostática hasta que quedan convertidos en vino.
Cómo será acercarse a ti, caminar a tu encuentro.
Qué velocidad vestirá mi corazón para la ocasión. Cómo será malgastar el tiempo pensándote; derrochar futuros alternativos y encuentros imaginarios.
Si tu lunar o tu corazón son realmente míos, te los cambio por este beso de manzana, por este terremoto en mi piel, por la lava que me baja por el estómago de solo verte.
